Descanso en una terraza de la gran ciudad,
saboreo un café riquísimo con olor a canela que me recuerda a las tardes de
frío que pasábamos en casa, frente a la lumbre, los días de Navidad. Me relajo
y pienso cuán lejos queda ahora mi vida, mis recuerdos, mi gente. Cierro los ojos
y evoco el olor a leña quemada, aromas a lavanda en tus armarios y rosas recién
cortadas en tus jarrones. Abro los oídos y escucho el silencio, el cantar de
algún grillo a lo lejos, pero sobre todo el silencio.
Por fin Nueva York me
deja tiempo para pararme a respirar.
Y afloran los recuerdos
de mi infancia, que con tanto mimo guardo entre las telas de mi niñez. Resurgen
los sabores, los sonidos, los olores que tan difícil se me hacen encontrar
aquí, y a los que intento, incansablemente, buscarles cara entre las caras de
la gente que pasea anónima, indiferente, por las aceras.