Me
atormentaban mis sueños. Quizás era por la cortina que había colocado sobre el
cabecero de la cama, que traía malas vibraciones en vez de funcionar como una
bonita decoración. Quizás, como ocurre con los campamentos indios, había
edificado en terreno equivocado y había provocado que los espíritus
interrumpieran mi sueño cada noche hasta que consiguieran librarse de mí.
Miedos,
inseguridades y qué se yo…. No conseguía dormir. Me envolvía entre las sábanas,
enredándome con ellas. También parecían estar en mi contra, mientras me absorbían
en su mortal tela de araña. Calor,
y después frío. Entre sueños, me volvía loca y perdía la cabeza. Se me hinchaba
y se me hacía grande, cada vez más grande, hasta que explotaba como un globo y
dejaba mis sesos aplastados contra la pared.