El viaje se hizo largo, pero el tiempo que tardó en
prepararlo fue muy corto. Cuando llegó a
palacio, la princesa yacía en sus aposentos esperando una caricia de su madre.
Como en otras ocasiones su rostro sonrojado reflejaba una fiebre, pero en este
momento parecía sospechosamente rara... ¿Era el frío que penetró en su mente al
ver la grieta en la pared? o ¿Era el sofocón de percibir al amante
descuartizado entre los muros?
Su amado no pudo ayudarla, no comprendía ese rubor en las mejillas que ahora ardía a borbotones en su rostro. La reina la apaciguó con unos paños fríos, pronto las dos rieron juntas y sus miradas cruzaron el secreto de su aventura.