La princesa se ha
sentado a escribir en su libreta. Esa libreta que recoge bocetos, frases
inconexas, fantasías, ilusiones, pero, aún más, desilusiones. La princesa no
entiende por qué escribe palabras y más palabras pero ninguna de ellas se
atreve a dibujar historias. La papelera termina por llenarse de papeles rotos.
La princesa clava
impaciente sus esperanzas sobre el papel, como si quisiera hacerlas realidad a
la vez que las escribe, como si dibujar palabras sirviera para transformar
automáticamente los sueños en realidades. Pero no consigue darles forma.
