Disculpa mi tardanza, mamá, en escribir esta carta. La mudanza me ha tenido atareada mucho más de lo esperado y, aunque reconozco no haber tenido tiempo para sentarme frente al ordenador, no he dejado ni un momento de pensar en ti. Esto te encantaría.
Apenas he deshecho las
maletas, las cajas se me amontonan aún con enseres y recuerdos deseosos de
encontrar su sitio en el nuevo hogar. Las bolsas de ropas y sábanas, que
todavía huelen a Mediterráneo, aún no tienen ubicación entre los enormes
armarios de esta casa. Otro día te hablaré de los armarios. Tengo tantas cosas
que contarte…
Esta mañana, entre los paquetes, encontré tu caja. La caja de cartón que me enviaste en mi último cumpleaños. En ella vinieron conmigo los pocos recuerdos de la niñez que pude traer volando, pero que aquí, al otro lado del charco, y aún con la emoción del comienzo, parecen tantos… Enseguida tuve que cerrar la caja para poder también apagar con ella las lágrimas que me inundaron. Discúlpame de nuevo, mamá, que no parezca que quiero apagar los recuerdos.
