Un pintor dibujó mi rostro a pastel, con suaves colores. El dibujo viajó entre varias manos y estuvo perdido durante largo tiempo. Años más tarde apareció guardado delicadamente, entre cosas de familia; ahora casi convertido en boceto, sus trazos se intuyen casi difuminados en el papel.
Y aquel cuadro que nunca fue firmado por el artista cobró una belleza
inimaginable y se alojó en la habitación de la princesa. En frente de su lecho
el rostro de su madre la miraba cada noche. Ambas miradas se enredaban en el
boceto, incluso ellas llegaron a confundir sus propios rostros. ¿Quién era
ella? ¿Y quién era ella? Así fue como la madre, a modo de espejo, colocó el
retrato en su morada.
